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Si bien no conocemos los orígenes de la imagen de San Antonio, ni la fecha exacta de la construcción de su hermosa Ermita, sabemos, sin embargo, documentalmente que la Cofradía de San Antonio de la Almina se fundó en tiempos de sede vacante, es decir, después de la muerte del último obispo portugués, Don Gonzalo da Silva, acaecida en 1645, y antes del nombramiento del nuevo obispo por la Corona de Castilla, Don Antonio Medina Cachón y Ponce de León, quien en pastoral visita a la Ermita consignó en el acta estas palabras: “Y aviendo reconocido la fundación de la Hermandad que ella se hizo por autoridad ordinaria. Sede episcopali vacante, la confirmamos y aprobamos según y como y con las condiciones y obligaciones que se erigió y interpretamos a ella nuestra autoridad”. La visita que este prelado realizó a la Ermita, fue extremadamente minuciosa, expresión de su interés y celo por las cosas de Dios. Reparó el obispo, incluso, en la falta de peso de unas vinajeras de plata que los cofrades habían adquirido para reponer otras que enajenaron para el arreglo de la espadaña. El compromiso formal de los hermanos de la Cofradía fue la adquisición de unas nuevas vinajeras con el mismo peso y hechura que las anteriores, pero, quizá por falta de medios económicos se hicieron unas vinajeras con peso inferior. La Cofradía de San Antonio poseía un pendón de color negro que siempre acompañaba indulgenciando a los hermanos difuntos en su entierro. El obispo, antes de pasar el examen de las cuentas, dictó una sabia disposición, hoy todavía en vigor en nuestro Código de Derecho Canónico, aunque no satisfactoriamente observada, referente a la exigencia legal de pedir a la superioridad oportunas licencias para realizar obras y formalizar compras y ventas de bienes eclesiásticos.
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